El muro

El otro día alguien alabó mi fuerza de voluntad. Es algo que reconforta. Para mi es el mejor piropo que te pueden hacer. Ni ‘Qué guapo estás’, ni ‘Qué bien te queda esa camisa’. Que alguien, por el motivo que sea, se dé cuenta de que, por complicado que sea el objetivo, tú estás ahí dando lo mejor de ti cada día sin rendirte es el piropo de los piropos.

Hace unos años alguien me dijo algo parecido que recuerdo a menudo. Ante una situación laboral difícil yo di un paso adelante en pro de mis derechos. Fui el primero que lo di porque creía en lo que defendía. Causé mucho revuelo pero casi todos me siguieron luego. Y aunque no nos salimos con la nuestra al menos protestamos. Desde entonces noté como la gente me veía de otra forma en la empresa. Desde iguales a superiores. Entonces, una compañera y amiga me dijo: ‘Los has puesto nerviosos. ¿Sabes por qué? Porque se han dado cuenta de que eres indomable e irreductible, que no te vas a rendir si crees en algo’. (De ahí el título de este blog)

Pero no siempre fui así supongo. Pero sí recuerdo detalles que me moldearon en la juventud en este aspecto.

En el colegio dábamos clases de educación física. Yo era delgadito y jugaba muy bien al fútbol, pero poco más. Una de las pruebas que hacíamos en clase consistía en carreras de velocidad de 100 metros contra el compañero que nos tocaba por orden alfabético. A mi siempre me tocaba contra el mismo. Se llamaba César Meijide. Acaba de llegar al colegio. Al lado mía era un chico mucho más fuerte fisícamente.

En las primeras clases siempre me ganaba. Pero a mi y a todos, pues hacía el mejor tiempo de la clase en los 100 metros. No me ganaba por una diferencia de 50 metros, pero me ganaba. Pero, cada derrota que sufría frente a él me daba más ganas de volver a correr con él y batirle. Así que, poco a poco, clase a clase, carrera a carrera, me fui acercando a él a base de fuerza de voluntad y de estudiar mis errores y sus puntos débiles. Hasta que un día lo gané y batí su mejor tiempo. Al terminar la carrera la gente no le dio importancia a lo que había pasado. Pensaba que sólo se la habría dado yo. Pero no. Entonces él se acercó y me dijo: ‘Al final me has terminado ganando. Cuando llegué aquí pensaba que siempre lo haría y eso te afectaría pero poco a poco me di cuenta que no te ibas a rendir hasta ganarme y al final lo has hecho’. Nos dimos la mano y le reconocí algo: Que si ahora era el más rápido de la clase era porque él me había llevado al límite.

Volvimos a correr en otras ocasiones pero nunca más me volvió a ganar.

Aprendí más compitiendo con ese chico que en 200 clases en un colegio de curas con un profesorado apático y perezoso que no incentivaba de manera alguna a sus alumnos.

Aquel día se me quedó grabado durante mucho tiempo pero poco a poco y sin darme cuenta olvidé ese coraje que tanto me había ayudado. Derrotado por mis malas notas y frustrado por la incomprensión de un profesorado casi inerte cambié de colegio y fui a parar a un colegio público que nada tenía que ver con el anterior. Esta vez yo era el nuevo, algo que después de tantos años en un mismo colegio me asustaba bastante. Aquel era otro mundo para mi y yo no estaba en mi mejor momento. La adaptación no fue fácil, pues el colegio estaba en otra ciudad distinta a la mía y casi todos los chicos provenían de un barrio en el que todos se conocían.

Yo andaba bastante perdido en todos los sentidos como cualquier adolescente normal a esa edad. Me recuerdo cansado, desmotivado y triste. Y supongo que los profesores también me veían así. Pero un día pasó algo que, como aquella carrera, me marcaría y me ayudaría a aúnar fuerzas de flaqueza y seguir adelante sin rendirme. En aquel colegio no se corría porque el patio era muy pequeño y no había pista de atletismo. Pero, en un pequeño pabellón, pintado de azul y verde, había un muro con pequeños salientes para escalarlo de un extremo a otro.

Aquel muro me ayudó a posteriori más de lo que me imaginaba. En la parte final de la clase había que intentar escalar el muro. Tenías tres intentos. Nadie lo conseguía nunca. Y yo tampoco. Mientras uno trepaba el resto de la clase miraba. Los que esperaban en la cola para trepar estudiaban mentalmente dónde agarrarse para no caer al suelo. A pesar de ello nunca nadie conseguía recorrer el muro completo de lado a lado. Un día normal llegó mi turno. Era eso, un día normal. Yo no estaba más ni menos motivado que otros días. Tan sólo hacía lo que me decían que tenía que hacer. No estaba en la cola pensando ‘Vaya, voy a trapar ese muro cueste lo que cueste’. No. No pensaba ni le daba importancia al asunto.

Llegó mi primer intento. A mitad de camino me caí. Volví a la cola para intentarlo de nuevo. Empecé de nuevo pero me equivoqué pronto escogiendo un agarré y volví a caer. Volví a la cola. El final de la clase se acercaba. Los que agotaban su último intento y caían iban a reunirse frente al profesor que esperaba frente al muro. No recuerdo por qué pero me retrasé y me quedé el último de la cola. Yo sería el último en intentar trepar el muro. No me di cuenta hasta que no estuve ya en plena escalada. Empecé a trepar. Recorrí la mitad del muro sin caer. Continué un poco más ante la mirada del profesor y del resto de la clase. Me quedaba aún por recorrer un 20% del muro más o menos. Estaba en un punto crítico al que nunca había llegado antes y en el que la mayoría caían. No caían en ese punto por seleccionar mal el agarre, caían porque llegados a ese punto los antebrazos empezaban a temblar y justo al dar el siguiente paso decían ‘basta’.

Entonces, estudié con la mirada donde colocar cada mano y cada pie. Estaba tan concentrado que ni si quiera me di cuenta de que todos me miraban expectantes. Pero por alguna razón no apostaba mucho por mi. Era un muro, una clase de educación física, sin más. No le daba más importancia. Así que sin darle muchas vueltas a la cabeza me lancé hacia el siguiente agarre. Estuve a punto de caer pero conseguí aferrarme al muro. Los brazos me temblaban y notaba el cansancio. Levanté la mirada, sólo me quedaban dos pasos más.

Entonces, oí como el profesor les decía al resto que se giraban, que la clase había terminado. Parecía que contaba con que me cayera. Yo seguía aferrado al muro. Me quedaban dos pasos para completarlo. No sé por qué ni cómo algo se encendió mi cabeza. Supongo que ese orgullo y esa fuerza de voluntad de repente aparecieron. En ese momento el profesor me dijo estando aún frente al resto de la clase: ‘Venga, bájate ya, la clase ha terminado’. Yo seguía aferrado al muro mientras estudiaba cómo dar el siguiente paso. Un paso que nadie había llegado a dar, por lo que no tenía referencia alguna. Entonces le grité desde el muro: ‘Aún no he terminado, cuando termine de escalarlo me iré’. Entonces él me contestó: ‘Venga, pues a ver si eres capaz’.

De repente noté cómo todos mis compañeros se giraban hacia mi. Yo estaba decidido a terminar algo y a no rendirme después de mucho tiempo. Noté ese miedo escénico de cuando un grupo de personas te miran. Pero también noté esa sensación de ‘Voy a demostrarles que puedo con esto y con lo que me proponga’. Y allá que fui. No me quedaban muchas fuerzas, me dolían las manos de estar agarrado allí pero no pensaba bajarme del muro sin intentarlo. Así que di el paso hasta el siguiente agarre. Estuve muy cerca de caer al perder uno de los puntos de apoyo de los pies pero me recompuse y logré subirlo a un agarre cercano.

Ya sólo me quedaba el último tramo y habría completado el muro entero, algo que nadie había hecho. El profesor y la clase me seguían mirando. Era un paso más corto que el resto pero no era momento para caerme. Finalmente, hice el último movimiento y completé el muro entero. Me dejé caer desde lo alto a la colchoneta situada a los pies del muro mientras algunos de mis compañeros aplaudían. Entonces, el profesor se me acercó, me dio la mano y me felicitó.

No había descubierto América. No había salvado al soldado Ryan ni había matado a Hitler. Aquello no era heroicidad alguna. Ni una hazaña que pasará a los anales de la historia. Pero era una demostración. Mi auto demostración de que si me lo proponía podía conseguir grandes cosas. Y que aunque estuviera cansado tenía que sobreponerme, apretar los dientes y luchar. Y si no lo conseguía tenía que volver a intentarlo hasta conseguirlo aprendiendo de mis errores y sacándole partido a mis fortalezas.

Aquel muro se me quedó grabado a fuego y siempre que me veo en apuros, falto de fuerzas para seguir adelante o falto de motivación intento recordar lo que sentí trepando ese muro y lo que sentí después de haberlo trepado.

Y como cada día es una prueba, cada día intento escalar una parte de mi muro. Y si me caigo, vuelvo a intentar escalarlo.

 

 

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