Cambios

Cada cambio aparenta ser un fracaso cuando va por la mitad. Elizabeth Kubler-Ross


«La única gente que me interesa es la que está loca, loca por vivir, por hablar, por salvarse…»


Cuando todavía no eres un ganador

Es fácil tener confianza en ti mismo y disciplina cuando eres un triunfador, cuando eres el número uno. Lo que necesitas es tener confianza y disciplina cuando todavía no eres un ganador.

Vince Lombardi


El problema…

El problema, cuando se busca a la mujer perfecta, es que ella probablememte está buscando al hombre perfecto.

Peter Ustinov


Queda prohibido


Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas

Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas.

Oscar Wilde


Observaciones nocturnas

Siempre me he tenido por alguien muy independiente en muchos aspectos. Con mucha personalidad y con una bien definida. Soy de ideas claras y creo que ha sido algo que siempre me ha acompañado. Ya de adolescente era así. Quizás porque no me sentía identificado con el grupo de niñatos de papá con los que compartía colegio. No tenía ni quería nada que ver con ellos.

De adolescentes fumaban delante de todos sus primeros cigarritos para hacerse los guays y los chulillos mientras yo los probaba en la intimidad por simple curiosidad porque nunca fui fumador. Años después esos mismos idiotas se metían coca y cosas así para ser aprobados por el resto del grupo. Supongo que lo siguiente será irse de putas o pegársela a su esposa para alardear delante de sus amigotes. Somos todo estupidez desde luego.

Con el paso de los años me di cuenta que había cosas que era mejor hacerlas sólo antes de esperar a otros que seguramente te dejarían tirado. Y no me importa viajar sólo y conocer sitios sólo. Disfruto de esa soledad elegida que te hace ver todo de forma diferente.

Últimamente salgo mucho a patinar de noche por las calles de Madrid. Hay pocos coches, pocos peatones y con la música adecuada en los cascos es una auténtica gozada.

Paso mucho por terrazas atestadas de gente. Algunos me miran como pensando: «Menudo friki el tío éste, patinando a estas horas en vez de tomarse unas cañas en una terraza». Y la verdad, cuando noto ese pensamiento en la mirada de alguien pienso que me gusta ser así de complejo o extraño como me creo.

No me pliego a las modas ni a las tendencias reinantes y mucho menos a lo que piense u opine la gente. Me gusta pensar que pienso por mí mismo sin injerencias externas de ningún tipo. Y me dejo llevar por lo que quiero hacer yo, sin importarme lo que pueda o no pensar la gente de lo que hago, pienso o digo.

Patinando a esas horas se puede ver de todo. Amigos de borrachera que salen con otros porque no les queda otra,porque no se tienen realmente el menor aprecio. Chicas que salen con amigas a las que siempre han tenido en no muy buena consideración. Modernos que articulan su día a día, sus valores, su imagen o sus hobbies en función del ‘qué dirán’ o por la vana necesidad de pertenecer a un grupo. Adolescentes vacíos que creen que tener un Iphone, un buen coche o un peinado molón son aspectos básicos para triunfar en la vida. Parejas que se sientan a hablar y no hablan porque ya no tienen de qué hablar pero que no se atreven a dar el paso de dejarlo porque temen estar sólos.

Es increíble lo que se puede ver de noche por la calle y creo que salir y observar (que no juzgar) todo desde la distancia te da una perspectiva más nítida de cómo funcionamos en la sociedad, de lo que nos mueve, de lo que esperamos de la vida y sobre todo, de lo que somos.


Bajo la sombra de un olivo

Era un día caluroso de junio. Conducía por campos perdidos, lejanos y secos de la provincia de Toledo buscando una localización para una grabación. No pasaba una buena época. Trabajaba muchísmo por poco dinero y con gente egoísta sin la menor empatía o corazón.

Me sentía solo contra el mundo. Me corroía la frustración, el rencor y el odio. Y allí, a lo lejos, de repente, todo lo vi más claro. Fue casi como una iluminación.

Junto a la carretera había visto un par de fincas interesantes y buscaba a alguien que me dijera a quién pertenecía para tratar de hablar con su dueño. A lo lejos divisé bajo la sombra de un olivo a un pastor. Me acerqué con el coche hasta él.

Dejé el coche al pie de un camino de tierra y caminé hacia él. Era un hombre de unos 45 años. De piel morena. Era extranjero. Marroquí. Su ropa de trabajo estaba llena de polvo y agujeros. No hablaba muy bien el castellano. Era un hombre muy tranquilo y amable. Se le notaba cansado. Junto a él tenía una botella con un poco de agua y una manzana. Le pregunté sobre la casa y sacó de su bolsillo una vieja y pequeña agenda telefónica. Me dio el número de su patrón, que era el dueño de aquellas fincas. Desde allí mismo lo llamé. Era un hombre muy simpático y agradable. Quedé en vernos un rato más tarde. Así que le di las gracias al pastor y me alejé contento del lugar.

Pero de repente, como a 3 kilómetros decidí dar media vuelta. Había conseguido lo que quería y aquel hombre me había ayudado sin más ni más. A pesar de sus pesares y del tremendo calor. Un hombre que tuvo que dejar Marruecos para que su familia pudiera comer ayudó a un niñato de la televisión al que sólo le importaba tener contento a sus despreciables superiores. Y lo hizo sin pedir nada a cambio y de la forma más servicial del mundo.

Volví a aparcar al pie del camino. Recordé que tenía un poco de agua en el coche. Me acerqué a él y sin decirle nada me senté a su lado bajo la sombra de un olivo. Era el único olivo en muchísimos metros a la redonda y la única sombra.

Le di la botella de agua y me sonrío amablemente. Entonces me ofreció un poco de su manzana. Le dije que no, que se la comiera él, que la necesitaba más que yo. Tenía que regresar cuanto antes a Madrid al trabajo. Pero me dio igual. Me senté con aquel desconocido a la sombra.

Le pregunté si lo trataba bien su jefe, si era buena persona. Me dijo que sí, que le pagaba 800 euros y le daba un lugar para vivir en el campo. El dinero se lo mandaba a su familia en Marruecos. Me contó que se sentía solo porque como no tenía coche, no tenía papeles y no hablaba muy bien castellano no salía nunca a un bar a tomar una cerveza ni nada al pueblo más cercano. Me contó que tenía dos hijos y que los echaba de menos, que esperaba traérselos cuanto antes a España.

Yo no le conté nada. Tan solo le escuché. Mis problemas eran una minucia respecto a los suyos. Y a pesar de todo, aquel hombre desprendía una paz interior y una tranquilidad asombrosas. Un rato lo pasamos callados disfrutando del paisaje. Tenía una mirada profunda y bondadosa que me llamó mucho la atención.

Unos minutos después nos despedimos y volví al coche. Pero una vez dentro sentí que tenía que hacer algo por aquel hombre. Me sentía en deuda con él. Recordaba que llevaba 20 euros en el bolsillo. Me bajé del coche y al acercarme él se levantó rápidamente pensando que algo pasaba. Entonces saqué el billete y le dije: «Mándale esto a tu familia».

Los ojos se le encendieron con dos bombillas y comenzaron a brillarle como si estuviera a punto de llorar. Me dio las gracias muchísimas veces asintiendo con la cabeza.

No llevaba más dinero encima, pero si hubiera llevado 50 euros más se lo habría dado igualmente. Pasaba la semana rodeado de gente que tenía muchísimas cosas que no se merecían ni se habían esforzado en conseguir. Era la primera persona decente con la que me topaba en mucho tiempo y allí, hablando con él, olvidé por unos momentos mis estúpidos y superficiales problemas y me relajé mentalmente.

Aquello me hizo reflexionar sobre muchos aspectos de mi vida y poco después dejé el trabajo dispuesto a dar un giro a todo.

Conseguí la localización y grabé en aquellas fincas multitud de veces. Me hice muy amigo del dueño y siempre le preguntaba por aquel pastor. Nunca volví a verlo.


Soy lo que soy gracias a ti

Nos conocimos allá por el año 80. Yo acababa de llegar al mundo. Él tenía 59 años, mujer, 8 hijos, una nieta que era mi hermana y un nieto, yo. Vivía en una casa muy grande en Cádiz y tenía un chalet en Valdelagrana.

En mis primeros años el césped de aquel chalet fue mi mejor campo de juegos. Allí aprendí a sacarle los piñones a las piñas de los árboles, a conducir mi coche a pedales, a esconderme, a columpiarme hasta casi tocar el cielo y a montar en bici.

Un verano compró una piscina de esas plegables con patas de plástico para que yo pudiera bañarme en el jardín. Los mosquitos me acribillaban, pero a él no le picaban. Supongo que, como a mi, su figura le parecía demasiado imponente para atreverse a hacerlo.

Me infundía una mezcla de respeto y asombro que nadie me ha transmitido nunca. A su lado te sentías seguro y querido.

Su casa de Cádiz estaba llena de fotos y de recuerdos de los países que había visitado. Muchas veces al volver de algún viaje me daba algunas monedas del país en el que había estado. Así comencé mi colección de monedas.

Me recuerdo con dos años correteando por el largo pasillo de su casa. Las habitaciones pasaban fugaces a uno y otro lado sin llamar si quiera mi atención. Todas menos una. La de su despacho. Solía trabajar mucho y atrincherarse allí con sus papeles.

Era la última puerta antes de llegar a un salón que sólo se utilizaba en fiestas señaladas, por lo que esa zona de la casa era toda para mí y mi imaginación. Toda menos su despacho. Nadie me prohibió entrar allí, pero sí recuerdo que en cuanto mi abuela veía mis intenciones de rondar por allí me gritaba: «No vayas al despacho, tu abuelo está trabajando». Sus palabras me calaron hondo. Tanto que las respeté como selladas a fuego y sangre. Pero la curiosidad me corroía.

Quería ver cómo era el despacho en el que mi abuelo pasaba tanto tiempo y lo que hacía allí. Cosas de niños. Él no fabricaba bombas atómicas allí ni planeaba conspiraciones judeomasónicas. Hacía cuentas y números. Y los hacía a una velocidad endiablada. Sin calculadora ni papeles, de cabeza.

Alguna vez le pregunté a mi padre lo que había estudiado mi abuelo y nunca lo entendí. Recuerdo que de chico pensaba que mi abuelo era una especie de ministro o algo así. No alcanzaba a entender muchas cosas sobre él y lo que le rodeaba, supongo que por eso lo observaba con fascinación.

Todo de ese despacho me llamaba la atención. Su olor por ejemplo. Ningún sitio en el mundo huele igual a mi olfato. Olía suave. Suena incoherente, pero era así. Era un sitio tranquilo, apartado de ruidos. Con una moqueta suave, mullida y cuidada en el suelo.

De la pared colgaban un montón de diplomas y condecoraciones de decenas de países. El escritorio era de madera y siempre estaba brillante. En la biblioteca los viejos libros de contabilidad que habría estudiado se alternaban con las fotos de sus nietos. A la altura de sus hombros un gigantesco retrato de mi abuelo lo presidía todo. Y lo impregnaba de un algo casi enigmático que me encantaba.

El tiempo parecía pasar de largo sin detenerse por aquel lugar. 25 años después ese despacho no ha cambiado.

Siendo ya adolescente y él más mayor me llevó a que lo acompañara a recoger su nuevo coche. Siempre los tenía limpios y relucientes. Muchas veces, cambiaba dinero para lavar el coche y le dejaba propina al dependiente sólo por cambiarle.

Le encantaba salir a comer fuera. Los camareros siempre lo trataban muy bien porque dejaba siempre una buena propina, tanta que muchas veces mi padre le regañaba. Los dueños de los restaurantes también lo trataban muy bien y siempre se acercaban a saludarle. «Hombre don Juan, hoy viene usted acompañado», le decían a menudo. Siempre lo iba, con alguno de sus hijos o nietos.

Hace unos años salimos a cenar a un restaurante nuevo.  Era verano y nos sentamos en la terraza. Aquello no le gustó mucho, como a mi, porque todos los platos eran muy sofisticados y complicados de entender. Miraba con la curiosidad de un niño pequeño lo que iban trayendo. Entonces trajeron un plato con mucho verde y al colocarlo en la mesa el camarero dijo lo que era. Entonces dijo sonríendo: «¿Eso qué es para las vacas? Mira, a mi mejor me traes un filete».

No le gustaban las verduras, pero sí los dulces, eso también lo heredé de él. A menudo aprovechaba que iba a misa y se traía una bolsa gigantesca de dulces. Mi abuela siempre le regañaba, así que él los escondía en algún lugar de la cocina.

En cuanto a gustos era como todo abuelo. En la televisión no había quien le quitara TVE. Raphael, Julio Iglesias o Rocio Jurado eran como uno más de la familia. Le encantaba ver Cine de Barrio y comentar con mi abuela cosas de las películas. Era del Real Madrid. No se perdía ni un partido en la televisión. Durante los años del Cádiz en Primera fue socio del Cádiz y yo solía ir con él y con mi padre al campo.

Le gustaban los toros y sabía mucho de ellos. Tampoco perdonaba las corridas que daban por la tele. Muchas veces llamaba a casa porque decía que no se veía la tele. Entonces ibas y te dabas cuenta de que estaba intentando encenderla con el teléfono inalámbrico.

Siempre se levantaba muy temprano. Desayunaba en la cocina y luego, sentado en la mecedora del salón junto a la ventana pasaba la mañana leyendo y rezando.

Reunía a la familia en muchas ocasiones. Los fines de semana, en cumpleaños, en santos o en navidad. En las reuniones de navidad siempre había alguna bronquilla. Él se enfadaba porque los pequeños se dedicaban a trastear con algo de la casa, daba dos gritos, pero entonces aparecía mi abuela para mediar. Y lo convencía. Asunto acabado. Ese pronto de carácter también anda ecrito en mis genes.

En Navidad daba siempre aguinaldo a los nietos. Pero a lo mejor, en alguna visita mi abuela le daba un codazito y le hacía un gesto. Entonces él, aunque estuviera cansado y bien sentado en su sillita, se levantaba y venía de su cuarto con un billete. «Toma, para chucherías». Yo le decía: «Bito, con esto tengo para muchas chucherías». Y él me respondía: «Bueno, si te sobran tráeme algunas».

Era la persona más generosa que he conocido, no quería que a nadie de su familia le faltara nada. Cuando cumplió las bodas de oro con mi abuela nos regaló dinero a cada nieto. Con aquel dinero y un poco que tenía ahorrado me compré mi primera moto, un Vespino F9.

Años después vendió un negocio que tenía e hizo lo mismo. Yo ya era más mayor y me compré mi segunda moto, una Aprila Réplica de 125. Con el paso de los años aquel chalet en el que tanto jugué pasó a ser demasiado grande para él y mi abuela, así que decidió venderlo. Sus nietos y sus hijos eran lo primero para él, y repartió aquel dinero entre todos. Muchos lo guardaron. Yo me compré mi primer coche y que aún conservo. Un Citroen C2 al que cuido como un hijo por el valor sentimental que tiene.

La repentina muerte de mi abuela le supuso un mazazo muy fuerte. Envejeció mucho muy rápidamente. La tristeza puede dolar más que un cáncer. La lloró durante mucho tiempo. Durante estos años aprovechó que ya nadie le reñía y disfrutaba como un niño comiendo dulces de todo tipo.

Como no oía muy bien y literalmente reventaba los altavoces de los televisores le ponían unos cascos para oír la tele. Muchas veces le decías algo y le mirabas y él te miraba y te sonreía, aunque creo que realmente no se enteraba de lo que le decías. Nunca se quejó. Ni dejó de sonreír.

Pasé con él el día de navidad, intuía que podrían ser las últimas. Cenó con toda la familia. Luego lo acostamos y le di un beso en la frente cuando lo tapamos bien en la cama. Después pasé un rato ojeando qué tipo de libros tenía en su biblioteca. Libros antiguos de contabilidad, de los años 50, libros de poesía, biografías. Cientos de libros. Y fotos, muchas fotos. Lo guardó todo con muchísimo cariño. Sus cartas de amor a mi abuela, sus medallas, sus viejas libretas del banco de los años 50, sus usados pasaportes, las postales que enviaba a sus hijos en sus viajes, por lejos que estuviera.

En fin de año hablé con él, yo estaba en Jaca con unos amigos y en ese momento estaban acostándolo. Me dijo ríendo: «¡Fernan me voy a la cama! ¡Buenas noches! ¡Hasta mañana!». Yo colgué y no paré de reírme durante un rato.

La última vez que lo vi estaba tapadito en su sofá, con sus cascos y viendo la tele. Yo hablaba con su cuidador y de reojo veía que me observaba con detenimiento de arriba a abajo. Entonces, al despedirme y acercarme a la puerta de salida del salón, me dijo sonríendo: «Ten cuidado». Tardé en entender a qué se refería pero siguiendo su mirada entendí que me veía tan alto que creía que me daría con el marco de la puerta.

En sus últimos días él me veía grande, como yo lo veía a él cuando yo era pequeño, pero para mi, por años que pasaran, él seguía siendo grande. Y generoso, y bueno, y amable, y cariñoso, y la gota de agua a la que me equipararía sin dudar, y mi abuelo…

Y me despedí de él diciéndole: «Soy lo que soy gracias a ti».


La tristeza está a la vuelta de la esquina

Ella siempre está ahí. Haga más o menos frío. Llueva o nieve. No sé a qué hora llegará a ‘su lugar’. Pero la sigo viendo cuando paso por allí. Antes la veía cada mañana camino del trabajo, ahora sólo de vez en cuando. Pero sigue ahí, en la esquina de siempre. Apoyada sobre la fría pared de una tienda de muebles.

Tendrá unos 70 años. Es más bien alta para su edad. Es delgada y sumamente frágil. Se la ve profundamente triste, casi a punto de romper a llorar. Alguna vez he intentado buscar en sus ojos esa tristeza, pero ella nunca me ha dejado ver más allá de sus gafas de ver. Siempre va muy abrigada con un abrigo largo de color vainilla que le cubre casi todo el cuerpo. Un gorro oscuro le oculta casi en su totalidad el pelo. Una bufanda le ayuda a resguardarse la cara del frío, sin dejar ver con claridad su rostro.

Calculo que llega a ‘su lugar’ a eso de las 8,30 o 9 de la mañana. Cuando el frío aún aprieta y te cala los huesos. No sé de dónde viene. Si viene de su casa. Si viene de casa de algún hijo suyo. Si viene de alguna pensión en la que vive. O si viene de algún portal en el que pasa la noche como puede. Tampoco sé por qué está allí. Simplemente está, sin más, apoyada, mirando al frente, como esperando algo o a alguien. Y ha debido pasar más de un año desde que me percaté de su existencia.

La gente sigue su ritmo sin parecer percatarse de su existencia. Y mucho menos de su persistencia en aquel lugar. Los camiones descargan mercancías, los turistas se entrecruzan, los comercios abren sus puertas, los camareros montan las terrazas. Pero ella sigue allí. Ajena a todo y a todos. Como esperando algo, como buscando algo.

El próximo mes dejo Madrid y me he propuesto ir a verla una mañana, invitarla a unos churros con chocolate en una churrería cercana y saber su historia, y si puedo, ayudarla de algún modo. Y no es que quiera conocer su historia por matar la curiosidad intrínseca al ser humano, quiero conocerla porque algo me dice que es digna de ser contada.